La vida no contesta las preguntas que formulas, pero esconde las respuestas que deberías buscar.

lunes, 4 de octubre de 2010

Madrugada

Los pasos resuenan en la calle vacía. La luz verde de un semáforo cede el paso a unos peatones inexistentes. La figura lo ignora y sigue andando calle abajo. Camina despacio, haciendo crujir las hojas amarillentas que pueblan la acera reconociendo, un año más, que el otoño ha perdido la batalla ante el invierno.

El frío corta como si empuñara mil cuchillas afiladas, clavándolas hasta el túetano de los huesos en cuanto encuentra la manera de colarse entre las ropas de los pocos que se atreven a desafiarle.

Pero la oscura figura continúa su camino como si no le importara. La mente del caminante está en otro lugar, no puede dejar de recordar el día que ha vivido. Un día más, como la mayoría, repleto de rutina y de trabajo. Un día imperfecto, que podía haber mejorado de muchas formas.

Pero... ¿Qué hay mejor que un día imperfecto, salpicado de alguna grata sorpresa y de pequeños detalles, de esos que sólo se aprecian si de verdad te emocionan?

La madrugada es fría, y el silencio casi absoluto, sobrecogedor. La oscuridad salpicada de estrellas es la dueña y señora de la ciudad.

Desde algún punto de ella, el caminante, inmóvil, contempla el paisaje urbano sin llegar a verlo, con una sonrisa oculta bajo la gruesa bufanda.

La vida es extrañamente asombrosa.


(Kreyla Vaely, 11/12/2009)

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