De noche todo parece diferente.
De noche, la ciudad se para. No se ven apenas coches, apenas movimiento. El aire se vuelve mas fresco o más frío, y limpia los restos de bochorno, de calor, los restos del aglutinamiento y el agobio de la multitud.
El aire limpia, y puedo respirar.
De noche, las luces se apagan. La oscuridad tiende un velo que deja al descubierto la otra cara. La ventana a otro mundo, tan grande y extraño, que nos deja ver la pequeñez de lo que somos. La grandeza del Universo grabada a fuego en las estrellas, en la inmensidad que sólo es visible cuando el Sol se esconde. Los que se quedan a contemplarla se vuelven filósofos y poetas.
Las ideas despiertan y por fin puedo pensar.
De noche, la solitud se expande. La gente desaparece, la mayoría duermen. Dormir te da paz de espíritu, tu subconsciente te pone en sintonía con el resto del mundo, con lo que debería ser. Y las emociones tantas horas reprimidas encuentran una salida, y se relajan. El ambiente deja de estar tan cargado, de ser tan asfixiante.
El nudo se afloja y puedo sentir más allá.
La noche es mi momento. La noche despeja el camino por donde tengo que andar. Porque de noche, los obstáculos desaparecen y el tiempo parece transcurrir de otra manera. Y las cosas se vuelven más claras, más reales en un ambiente casi irreal. La contradicción de mis realidades se vuelve patente y hermosa hasta que el bullicio vuelve, lentamente, tras el amanecer.
Noche.
Eso que pasa cuando casi nadie mira.
Más lenta, más suave, más dulce.
Más mía.
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