- Es infantil y egoísta pensar como pienso. No existe un príncipe azul que esté dispuesto a estar conmigo, a protegerme. La vida real es dura, lo sé. Pero me gustaría tener a alguien así, aunque parezca el sueño loco de una niña tonta.
Le miró de nuevo. Él le devolvió una mirada seria, fija y algo inocua.
- No te lo tomes a mal. No tiene que ver contigo. Es sólo que... ¿No te das cuenta? ¿Acaso no lo ves? ¡Siempre reaccionas igual, siempre me miras con esos ojos, como si en realidad no estuvieras escuchando, como si no te interesara! ¿Es que no puedes entenderme? - Lo apartó de sí con un brusco movimiento, para acto seguido arrepentirse, abrazándolo con todas sus fuerzas.
- Lo siento. Lo siento mucho. Sé que puedo contar contigo, sé que me escuchas y que me entiendes aunque no lo parezca. En el fondo me entiendes, y sé que estás ahí. Tú siempre estás ahí... y yo nunca te lo agradezco. Perdona.
No respondió. No dijo nada. Ella le abrazó aún más fuerte. Después bajó la cabeza. No quería mirarle directamente.
- A veces me gustaría vivir en un cuento, en una de esas historias que tanto me gusta leer. Porque en ellas todo parece posible, hasta lo más increíble puede tener cabida si realmente crees en ello. Me gustaría pensar que es así, y de hecho normalmente intento creer que, si me esfuerzo, podré conseguir lo que quiero. A veces me parece que estoy tomando como referencia heroínas de mundos inexistentes, y eso sólo hace que me sienta estúpida ante el mundo real. Pero... Pero en el fondo tengo la esperanza de que realmente pueda ser cierto. La vida por sí sola me resulta carente de sentido, necesito creer que ahí fuera en algún sitio me espera algo parecido. Una adaptación a la vida real de mis historias. Realmente quiero creer que siendo como soy puedo conseguir algo, aunque eso haga que a veces la gente se aparte de mí, o me llame infantil o inmadura. Puedo serlo, pero a veces esa visión desprovista de prejuicios, como la de un niño, puede ser de gran ayuda, puede ser la única manera de abrir puertas y de construir puentes...
Suspiró. Le miró de nuevo. Sonrió.
- Otra vez estoy diciendo tonterías. Perdóname. Has escuchado esta historia tantas y tantas veces... pero a veces creo que sólo es a tí a quien puedo contárselo, porque otro no lo entendería. No sé que haría si no te tuviese... En fin. Tengo que irme ya. Gracias por todo...
Le abrazó una última vez antes de irse, se levantó de la cama y salió de la habitación. Una sonrisa se dibujaba en su rostro, con un ligero tinte de tristeza, pero con la determinación brillando de nuevo en sus ojos. Se alegraba de tenerle. Sabía que no contestaría, pero sólo esperaba que la escuchara, que estuviese ahí cuando le necesitaba, no quería nada más. Era el guardián de aquellos pensamientos que sólo compartía con él. Hablarle le servía mucho, aunque sólo fuera para expresar en voz alta sus propios pensamientos y dejarlos salir de vez en cuando. Desahogarse siempre era mejor que guardarlo todo.
Sobre la misma cama que acababa de abandonar, él mantenía la vista fija al frente y mostraba su perenne sonrisa, como si no hubiese pasado nada. Podría parecer una actitud extraña pero, a fin de cuentas, ¿qué otra cosa puede esperarse de un oso de peluche como él?
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P.D. - Quiero darle las gracias a Fernando, porque la idea del peluche la saqué de un relato suyo mucho mejor escrito y que os recomiendo leer aquí.
Se nota el cambio de punto de vista, entre las ideas de Fer y las tuyas... Sin embargo, no dejaré de añadir que me preocupa cuánto de autobiográfico tiene éste relato, hermana.
ResponderEliminarUn beso.
poco,la verdad. son ideas sueltas xDD
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